Hay momentos en los que ir al gimnasio se convierte en una prueba de carácter. No porque de pronto haya descubierto que el deporte no es lo mío (que eso lo sé desde que tengo uso de razón). Ni porque el cuerpo se haya rebelado después de la ilusión de que “cumples lo que te propones” de los primeros meses. Ni siquiera porque los ejercicios de la clase de bodypump a la que te apuntaste, ingenua y confiada en que tu forma física sería suficiente, se hayan vuelto más duros.

No es pereza exactamente. Tampoco es cansancio. Es más bien esa sensación que no quieres oír y que el cuerpo te grita alto y claro: ya no puedo con más estas sesiones llenas de sentadillas.

Con los proyectos pasa algo parecido.

Hay trabajos, ideas, negocios, estudios, colaboraciones o proyectos personales que un día nos hicieron muchísima ilusión. Les dedicamos horas que no teníamos. Les atribuimos posibilidades. Pensamos que, cuando aquello funcione, cuando publiquemos esto, cuando terminemos aquello, cuando alcance cierta forma… estaremos más cerca de lo que queremos ser.

Y no es que estuviéramos equivocados. Ni siquiera un poquito.

Pero es que luego pasa el tiempo

El proyecto funciona razonablemente bien. Avanza. Incluso puede que reciba reconocimiento.

Pero, de repente, a ti se te hace cuesta arriba.

No es que tu tarea sea especialmente dura o retadora. Lo más probable es que la hagas sin esfuerzo y sin pestañear. Pero lo que antes ocupaba con entusiasmo nuestra cabeza aparece ahora en la lista de pendientes como si alguien nos estuviera pidiendo un favor tremendo.

Por eso no entiendes (del todo) por qué te cuesta la vida ponerte.

Entonces llega el diagnóstico habitual: has perdido la motivación.

La primera reacción es siempre la de darte caña

Que si eres una inconstante, que si te aburres enseguida, que si tienes otros proyectos abiertos que te obligan a meterlo entre dos huecos y que eso no es manera, que si a ti te falta disciplina… incluso te planteas (como gran elemento de distracción masiva) que igual el impacto del proyecto y/o de tu tarea en él tampoco es para tanto…

La realidad es que lo de “perder la motivación” tiene algo de fracaso moral. Como si la motivación fuera una propiedad del carácter y no una emoción que cambia según el momento, el contexto, el cansancio, las expectativas, el dinero, la soledad, las dificultades o el hecho de que llevemos demasiado tiempo intentando hacer cinco trabajos a la vez.

Y, por eso, la pregunta NO es cómo recuperar la ilusión.

Quizá primero habría que preguntarse por qué damos por hecho que la ilusión debería mantenerse intacta. Por qué pretendemos que ese elemento “estrella” que prende chispas en cualquier proyecto, y que tan diferencial lo hace (eso es así) debería durar siempre.

Ni el entusiasmo ni la ilusión, que para este caso actúan como la misma cosa, son la varita mágica que sostiene la tarea cuando, pasando el tiempo, el proyecto cambia o cuando somos nosotros quienes lo hacemos.

Así es que me planteo: ¿Es realmente un problema perder la ilusión?

Vivimos en una cultura bastante enamorada de los comienzos. Y de la pasión.

Poque la pasión tiene buena prensa. Es intensa, auténtica, te hace vibrar. Te permite conseguir arrancar proyectos que parecían imposibles.

Pero la verdad es que la pasión no es garantía de continuidad de nada

No sostiene a largo plazo toda la parte sin glamour que viene después. Esa parte en la que ya no consiste en imaginar, sino en repetir. En contestar correos. En mejorar una versión que ya mejoramos tres veces. En revisar un presupuesto. En volver a explicar lo mismo. En hacer aquello que nadie va a aplaudir, pero sin lo cual no se sostiene lo que hay.

Sé de lo que hablo. Lo he vivido una y mil veces.

A mí personalmente me encantan las ideas nuevas y los cuadernos sin estrenar. Y me da una pereza infinita toda la parte del proyecto que deja de retarme para convertirse en estructural. Por eso sé, aunque a veces se me olvide, que si dependiera de mi ilusión para correr la maratón entera, me paro antes de llegar a la media.

No digo que la pasión y el entusiasmo no importen.

Importan mucho.

Nos mueven hacia nuevas posibilidades, nos ayudan a atrevernos con cosas que, ni de coña marinera habríamos empezado. Lo que es un error (creo) es pensar que los proyectos solo valen la pena mientras nos producen emoción.

Muchas veces estamos confundiendo la ausencia de entusiasmo con la ausencia de sentido

Hay cosas que siguen teniendo sentido aunque ya no nos hagan saltar chispas cada mañana. Y hay otras que, aunque un día nos entusiasmaron, han dejado de encajar en nuestra vida de ahora.

Conviene distinguir una cosa de otra buceando un poco más debajo de la simple falta de ensusiasmo:

  • A veces, es simplemente cansancio. Nos hemos ido dejando llevar por la ilusión y nos hemos topado con la realidad de que hemos intentado hacer demasiadas cosas con una cantidad de energía limitada. En ese estado, es fácil mirar el proyecto que antes nos gustaba y concluir que ya no nos interesa.
  • Otras, lo que ha desaparecido es la novedad o el aprendizaje. El proyecto ha entrado en esa fase menos vistosa en la que ya no promete una transformación personal y empieza a pedir oficio. Ya no hay tanta expectativa. Hay trabajo. Eso decepciona un poco, porque estamos convencidos de que hacer lo que te gusta tiene que ser una experiencia permanentemente estimulante. Como si las personas que disfrutan de su trabajo no tuvieran también que responder correos desde el paraíso.
  • Y también conviene asumir que, a veces, lo que sucede es que te sientes solo en medio de la multitud. Desconectado, no del proyecto, sino de tus compañeros. Como si el resto no remara ni de lejos con la misma energía que tú. Esta sensación de estar medio sola tirando del carro es probablemente la  que más duele.

Pero quizás madurar consiste precisamente en aceptar que el entusiasmo no puede ser el único motor. Que hay actividades que hacemos porque creemos en ellas, porque se nos dan bien, porque ayudan a otros, porque nos sostienen económicamente o porque forman parte de una vida que, en conjunto, tiene sentido. No porque cada martes a las nueve de la mañana nos hagan sentir elegidas por los dioses.

La trampa está en pensar que, si ya no sentimos ese brillo, hay que dejarlo y empezar otra cosa. Y todo ello antes del viernes, a ser posible.

Hay decisiones que hay que tomar, por supuesto

Hay proyectos que se quedan pequeños. Trabajos que nos desgastan. Espacios en los que ya no aprendemos, ya no aportamos o ya no queremos estar.

Pero no es buena idea tomar una decisión profesional desde el mismo lugar mental desde el que nos apetece ir al gimnasio cuando fuera hay 40º y llevamos nueve meses sin una tarde libre de verdad.

Antes de desmontar la vida, se me ocurre que deberían entrar en juego las preguntas:

  • ¿Estoy cansada o estoy desconectada?
  • ¿Me pesa el proyecto entero o solo una parte concreta?
  • ¿Me falta descanso, ayuda, dinero, tiempo, compañía, reconocimiento o una manera difrerente de organizarlo?
  • ¿Sigo aquí porque quiero o porque tengo un compromiso con terceros?

Ojo, que para mí, esta última pregunta merece especial atención.

A veces continuamos con proyectos que ya no nos representan no tanto por compromiso con el proyecto como por compromiso con la persona que creíamos que íbamos a ser. O con quienes convencimos para que subieran, entusiastas, al barco.

Y o bien porque nos da miedo abandonar porque pensamos que los demás sentirán que les hemos fallado, o bien porque no estamos dispuestos a fallarles en el compromiso que con ellos adquirimos.

Ambas cosas son importantes.

Pero también lo es saber que hay decisiones que fueron adecuadas cuando las tomamos y que dejan de serlo después. Y que eso no convierte a nuestro yo de hace cinco años en alguien ingenuo ni a nuestro yo actual en alguien voluble. Ni nos hace quedar a la altura del betún.

Solo confirma algo obvio, aunque nos cueste admitirlo: Cambiamos. Aprendemos. Nos cansamos. La vida nos cambia gustos, necesidades y prioridades. Descubrimos que aquello que parecía una meta era, en realidad, una etapa.

El problema es que nos cuesta cerrar etapas sin montar un juicio salomónico

Necesitamos justificar por qué ya no queremos algo. Explicar que no ha sido por falta de esfuerzo. Demostrar que hemos aguantado suficiente. Mostrar pruebas de que lo dimos todo.

Como si abandonar tuviera que ser siempre una defensa ante un tribunal de compañeros, redes sociales y la versión dura y exigente de nuestro yo.

Todo para no reconocer lo más sano: que ya no queremos seguir haciendo algo del mismo modo.

No necesariamente dejarlo.

A veces basta con cambiar la escala. Hacer menos. Hacerlo de otra manera. Delegar algo. Cambiar los formatos. Bajar el nivel de perfeccionismo. Recuperar una escala que podamos habitar.

Por descontado y aunque cueste, también conviene separar emoción y trabajo digno. No siempre estamos inspirados y, sin embargo, terminamos., respondemos, cumplimos creando algo útil. No porque estemos atravesadas por una energía luminosa, sino porque tenemos oficio y responsabilidad.

Y, por supuesto, existe otra posibilidad: que la ilusión no vuelva

No pasa nada.

No siempre hay que recuperarla.

Cuando se va del todo conviene aceptarlo. Agradecer lo que nos dio mientras estuvo y dejar de intentar reanimarla.

Hay proyectos que terminan porque se cumplen. Otros, porque se desgastan. Otros, porque ya no somos quienes los empezaron. Y otros porque, sencillamente, no queremos seguir pagando el precio que exigen.

Quizá el verano sirve también para eso. No para convertirnos en una versión descansada, atlética y perfectamente equilibrada de nosotros mismos antes de septiembre. Sino para dejar de interpretar cada bajada de energía como un fallo de carácter.

Habrá cosas que recuperen sentido cuando descansemos. Habrá otras que pidan un cambio de forma. Y habrá algunas que no quieran ser recuperadas, sino despedidas.

No todo lo que pierde brillo está muerto.

Pero tampoco todo lo que empezó brillando merece que nos quedemos a oscuras por ello.

¡Feliz verano!

Volvemos en septiembre.

Con la misma ilusión de siempre. Of course 🙂

@vcnocito