Lo que hacemos cambia lo que somos.

Nos guste reconocerlo o no.

Quienes me seguís con cierta continuidad ya sabéis que repito esta frase con mucha frecuencia. Y también con mucha convicción.

Y no solo porque me la crea.

Sino porque la he vivido.

Al hilo de lo preocupados/escandalizados que estamos con la matraca de cómo la IA nos va a cambiar nuestras capacidades cognitivas poniendo el grito en el cielo sobre las que vamos a perder, asumo hoy el rol de abuela-cebolleta.

Es lo que tiene haber vivido, como dice mi amigo Nacho, “la prehistoria de la tecnología». Que puedes poner las cosas en perspectiva.  Y que, por tanto, puedes ayudar a otros a hacerlo.

Cuando las razones objetivas no calan, la perspectiva a veces ayuda.

Vamos.

Un poco de historia: llega el ordenador

Yo recuerdo, como si fuera ayer, mi primer día de trabajo.

Y también cómo me preocupaba no saber ni cómo encender ese “trasto” que había encima de la que me estaban señalando como mi mesa. Salía de la flamante Escuela Superior de Ingenieros de Telecomunicación habiendo visto un PC solo en el laboratorio de programación. En el que, como las prácticas se hacían en grupo, otro se había encargado de encenderlo.

Mecachis.

Así eran los años 90.

Primero se «abrieron» la ventanas

Los 90 eran los tiempos de gloria del sistema operativo MS-DOS. Tu PC te “saludaba” desde una pantalla donde brillaba (en fósforo verde o, como modernidad, en blanco) su C:>. Nos entendíamos con ellos tirando de nada intuitivos comandos: cd, dir, mkdir, type, remove….

Apenas usaba el ordenador para entrar en un procesador de textos que se llamaba WordStar y donde las órdenes de formateo venían a golpe de las Fs del teclado… para quien tuviera la capacidad de recordarlas. Yo tenía una chuleta pegada en la mesa.

Y entonces llegaron Bill Gates y las Windows. Y con ellas, algo más que tipografías que mejoraban la arial: una barra de tareas, las pantallas en color y la posibilidad de abrir varias ventanitas de aquellas a la vez.  

Llegó la multitarea.

Y no sirvió de nada que todos supiéramos que, en realidad el PC no hacía dos cosas a la vez, sino que “compartía” sus muy limitadas en aquel entonces capacidades entre dos tareas.

La mayoría nos liamos, felices, a trabajar en paralelo.

Pensando que haríamos más.

Y creyendo que sería gratis.

Se nos olvidó lo de los recursos compartidos y el tiempo de recuperación.

Así nos ha ido.

Luego vinieron los ratones

Casi a la vez, dejamos de movernos con las flechitas porque llegó el ratón.

Aprendimos a cortar y pegar.

Que, maravilla entre las maravillas, te permitía copiar texto y con un clic (que al principio nos costó pillar) copiarlo por arte de birlibirloque en otro sitio.

Empezamos con lo del “pásame lo que tengas que seguro que me sirve”.

Dejamos de leer lo que íbamos a copiar. Dejamos de escribir texto propio. Dejamos de aprender a lidiar con la hoja en blanco.

Algunos, muchísimas veces, dejamos de pensar.

Nos guste reconocerlo o no.                                              

¿Para qué íbamos a hacerlo con lo fácil que nos habían puesto lo de copiar y con lo poco que (aparentemente) se notaba?

Y entonces… llegaron Internet y el email

Éramos pocos cuando llegó el email.

Hasta entonces, ir a sentarte a la mesa de otro cuando había algo que tratar en común era lo habitual. Tanto era así que, la mayoría teníamos una silla siempre dispuesta al otro lado de nuestra mesa.

Jodimos las comunicaciones internas.

Nos apantallamos detrás del correo para decir todo lo que nunca nos hubiéramos atrevido a hacer a la cara. Para escaquearnos sin despeinarnos. Para suprimir de un plumazo y sin cargo en la conciencia de todo lo que no nos interesaba dar acuse de recibo.

Dejamos de ejercitar nuestra capacidad para expresarnos y convencer por escrito.

Nos cargamos la gestión de las tareas.

Y los jefes, que antaño te llamaban a su despacho donde te explicaban con pelos y señales esa nueva tarea que te iban a encargar, esperando de ti que hicieras preguntas, muchas preguntas, ahora «te mandan un mail» considerando, convencidos los pobres, que así han hecho todo su trabajo.

Nos hemos cargado la gestión del equipo.

he hablado mucho en este blog sobre la pérdida de capacidades que siguieron a la popularización del email.

Te las recuerdo.

Aunque no te haga falta. Porque tú sabes bien valorar el impacto del correo electrónico no solo en la eficiencia (o ineficiencia) de tus tareas y también de tus relaciones.

No hablamos entonces de los emails de dos líneas firmados con una inicial donde se les encarga a veinte de golpe que acaben la Sagrada Familia…

Sabes que no hace falta.

Ahora tenemos «chica nueva» en la oficina

Saltamos a la IA

Y ahora que estamos todos tan preocupados por la “pérdida de capacidades cognitivas” a la que nos puede llevar estas simpáticas nuevas amigas…

¿Alguien se atreve a afirmar que no vamos a cambiar?

¿Alguien duda de que la dirección (para bien o para mal) en la que lo harás depende en gran medida de ti? ¿De que no podrás influir (salvo con tu ejemplo, que no es poco) en la dirección que tome «la masa» (así denominada, con todo cariño, a tu organización).

Yo voto por dejar de rasgarnos las vestiduras y ponerle un poco de perspectiva al asunto.

Y mucha cabeza.

Con tantas gotas puedas de coraje individual.

Porque, lo que haces (y tú eliges) cambia lo que eres.

@vcnocito