Hace casi once años escribía en este blog un post con el título «¿Cómo ser más productivos? Siendo más felices» en el que hablaba de la (evidente) relación entre la felicidad de los trabajadores y su productividad. Nadie duda de que las personas rinden mejor cuando se sienten bien en su trabajo. La motivación, el compromiso y la creatividad se expanden como los gases en entornos laborales donde los empleados se sienten valorados y donde sus valores están bien alineados con los valores de la empresa. Once años después me preguntaba si con la irrupción de la IA lo anterior sigue siendo válido, o dicho de otra manera, cómo afecta a la felicidad de los trabajadores el pasar a contar con una inteligencia artificial con capacidades cuando menos, asombrosas, a su disposición. ¿Eso te da felicidad o te agobia / atemoriza?
Está claro que cuando una persona percibe que su trabajo tiene sentido, que es autónomo para tomar sus propias decisiones y que tiene oportunidades para crecer y desarrollarse profesionalmente, tiende a implicarse más y a asumir cada vez más responsabilidades. Las personas felices suelen colaborar mejor, comunicarse de forma más eficaz y resolver problemas más rápidamente porque no escurren el bulto. La productividad, por tanto, no se entiende como una cuestión de amontar horas trabajadas, sino como el resultado final de un entorno fluido donde todo el mundo se encuentra a gusto.
Y aquí es donde entra la IA. En mi opinión, lejos de ser una amenaza, bien utilizada la IA puede convertirse en la aliada perfecta para liberarnos de tareas repetitivas y empoderarte para tomar mejores decisiones con menos miedo a equivocarse. Si la IA es capaz de automatizar tareas rutinarias y administrativas, los empleados podrán concentrarse en actividades de mayor valor añadido, lo que no solo aumentará la eficiencia, sino que también mejorará la satisfacción personal, pues todo el mundo está más contento si dedicamos nuestro tiempo en la oficina a tareas de más valor y de más impacto en vez de estar pegando sellos.
Además, la aparición de la IA abre un enorme abanico de posibilidades, desde contribuir a mejorar la conciliación entre vida laboral y profesional porque vas a poder terminar antes tus tareas, hasta contribuir a la gestión del talento, pues los sistemas de IA pueden ayudar a identificar necesidades de formación y proponer itinerarios de desarrollo personalizados. Hay empresas que ya están haciendo un análisis inteligente del clima laboral para anticipar problemas de desmotivación o desgaste antes de que se conviertan en conflictos mayores.
Todo esto es lo que dice la teoría. En la práctica, no todas las empresas implantan la IA ni correctamente ni de la misma manera. A veces dejan caer una aplicación de IA en el portátil del empleado que, a primera vista, solo le sirve para ayudar a planificar los fines de semana o a lidiar con los deberes de los hijos. Otras veces, la empresa se apresura a presumir ante sus stakeholders de cuanto dinero ha ahorrado despidiendo a chorrocientas personas como consecuencia de la automatización que conlleva la IA. Con esas noticias, se te pasa rápidamente la felicidad.
Como siempre, una herramienta no es ni buena ni mala per se, sino que depende de cómo y para qué la usas. Si la IA se implanta como una herramienta de apoyo y no como un mecanismo de vigilancia o presión adicional, si se comunica claramente el papel y la utilidad de estas tecnologías, se forma a los empleados para que la utilicen adecuadamente y se plantea como una herramienta de apoyo para potenciar el valor de las personas y no para sustituirlas, los empleados valorarán a la IA como una ayuda en su día a día y sin duda serán más felices lo que, indirectamente, ya ha quedado claro que contribuirá aun más a aumentar su productividad.
