La ley de Amara es un principio defendido por el científico estadounidense Roy Amara que dice que «nuestra tendencia es sobreestimar los efectos de una tecnología en el corto plazo y subestimar su efecto en el largo plazo»), y la traigo a colación porque creo que describe perfectamente lo que sucede actualmente con nuestra percepción sobre el impacto que tendrá la inteligencia artificial en nuestro futuro laboral.
Todos hemos leído algún análisis que predice un inminente colapso del empleo y la desaparición inmediata de millones de puestos de trabajo debido a la introducción de la Inteligencia Artificial. Sin embargo, hace ya al menos dos años que se lanzaron los primeros servicios de IA para empresas, y debo decir que no conozco ni una sola persona que haya sido despedida porque su trabajo ya esté siendo realizado 100% por una IA (no digo que nos los haya, digo que no lo conozco). Esos análisis apocalípticos pasan por alto que la adopción tecnológica no es lineal ni homogénea. Es más, lo que prolifera ahora son estudios que aseguran que la supuesta «explosión de productividad» todavía no ha llegado, y que lo que sí tenemos es mucha experimentación y mucho desfase entre el potencial que se le adivina a la IA y la realidad.
La adopción de la IA está siendo más lenta de lo esperado, de ahí que numerosas voces ya hablen de “burbuja” a la hora de referirse a la valoración de las empresas relacionadas con la IA. El panorama es más parecido a una evolución que a una revolución. Jugando a pitoniso, yo vislumbro un escenario a diez años vista donde trabajaremos de una manera similar a la de hoy, utilizando herramientas de IA todos los días de igual manera que hoy usamos el Excel o el Power Point, pero sin que la esencia del trabajo haya cambiado de forma radical.
Los que ya tenemos unos años vivimos hace tiempo algo parecido con la irrupción de internet. Algunos pronosticaban otro apocalipsis del empleo, con millones de despidos, otros millones de nuevos puestos de trabajo creados de la nada, teletrabajo masivo, oficios eliminados víctimas de la automatización extrema… ¿y qué ocurrió? Que buena parte del trabajo continuó siendo igual: oficinas, jerarquías, reuniones, procedimientos… ¿Alguien se imagina trabajar sin internet hoy en día? Sería imposible. Cuando se cae la red corporativa, todo el mundo baja a la cafetería porque no hay nada que hacer. Pero como decía, la esencia del trabajo es la misma que hace 30 años. Pues lo mismo sucederá con la IA. La usaremos de forma habitual, prácticamente sin darnos cuenta porque nos rodeará por todas partes. Seremos más productivos porque podremos hacer en mucho menos tiempo lo que hacemos ahora, pero dudo mucho que la filosofía del trabajo cambie en exceso.
La conclusión es que el empleo no desaparece: cambia su naturaleza si acaso. Las tareas rutinarias pueden reducirse, pero se crearán nuevas funciones para gestionar o supervisar lo que genera la IA. Y esa transición no se da de un mes para otro. Lo que se debería hacer ahora es apostar por la formación permanente y por fomentar las competencias híbridas que combinen las capacidades de las personas y de las IAs. Así que debemos pensar en un cambio más lento de lo que se anuncia y aprovechar este tiempo para gestionar bien la transición y para prestar mucha atención a los pasos intermedios que de verdad van a transformar el trabajo: reorganización de procesos, formación en nuevas competencias, rediseño de tareas… El impacto va a ser considerable, pero seguro que llevará años.
