Me encanta traer a colación de cuando en cuando “principios” que sirven para explicar el comportamiento de las personas en el trabajo. Hoy le toca el turno al principio de Hanlon, que dice: «Nunca atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez», cuyo origen parece ser que está en una aportación del tal Hanlon a las famosas leyes de Murphy. Además, este principio tiene un corolario fantástico, a veces llamando «ley de Grey«, según el cual, en grado suficiente, la estupidez (o incompetencia) es indistinguible de la malicia.

Es decir, cuando percibes que una persona te está tratando mal y busca fastidiarte continuamente, lo más probable es que no lo esté haciendo adrede. Puede ser que no sepa gestionar una determinada situación, que no tenga la habilidad social suficiente como para pedirte un favor con cierto tacto, o que su incompetencia no le permita ver otros caminos diferentes a interponerse en el tuyo. No es maldad, es ignorancia, o falta de capacidad, mejor dicho. No es que ese jefe o compañero de trabajo te hable como si fueras un inútil o un bobo, es que el bobo es él. También puede venir derivado de que esa otra persona no te conozca lo suficiente, lo que en realidad es otra manifestación de ignorancia, y por tanto no sea consciente de que lo que está haciendo no te sienta bien y no te gusta. Cuanto más conoces a una persona, más probable es que puedas empatizar con ella.

El principio de Hanlon es otra forma de decir que a la gente que te rodea normalmente hay que concederles el beneficio de la duda. Si lo tienes en mente, cambia notablemente tu percepción sobre ellos. Esto es muy aplicable a los jefes. Todos hemos tenido alguna vez algún jefe insoportable, de los que te putea gratuitamente, hablando mal y pronto. En mi opinión, esos jefes horribles suelen tener dos motivaciones: la ambición y la ignorancia. Algunos se mueven por ambición, por el ansia de llegar a la cúspide de la pirámide lo antes posible o de llevarse las palmaditas de los grandes jefes, y para conseguirlo arrasan conscientemente con lo que se ponga por delante. Pero esos son los menos. La mayoría de los malos jefes actúan movidos por la ignorancia. Son los que desconocen todo el trabajo que hay detrás del documento que has preparado cuando lo rechazan frontalmente, o los que no saben que cambiándote esa pequeña tarea mandan al traste toda tu planificación, o los que no te conocen lo suficiente a ti o a tus circunstancias personales en ese momento como para ser conscientes de que ese comentario que esperaba ser motivador o simplemente gracioso te sienta en realidad como una patada en el estómago.

Esta forma de razonar me ayuda a relacionarme en el trabajo con esa gente que te pregunta lo que tú ves como una tontería o que expresa su opinión alegremente sobre un tema en el que  eres el mayor experto en tu compañía. Pobre hombre, es un ignorante, suelo pensar. Pero ojo, que del mismo modo que la maldad no es justificable, tampoco lo es la ignorancia en un entorno laboral. Nadie nace sabido, pero sí que es nuestra obligación tratar de llegar a saber y de aprender. Lo bueno es que está en nuestra mano el ayudar a otros en ese proceso. Y sobre todo, seamos conscientes de que a lo mejor el ignorante en una conversación somos nosotros. Tengamos la mente abierta para evitar seguir siendo nosotros mismos ignorantes. Como siempre, lo mejor es ponerte en el lugar del otro antes de reaccionar precipitadamente.