Parece ser que el mercado laboral (o a los consultores que lo “leen”, a quienes gusta más un palabro que a un niño un caramelo) quiere perfiles con forma.
El mercado laboral lleva tiempo obsesionado con ponerle forma al talento.
Literalmente.
Que si perfiles en T.
Que si mejor en M.
Que si lo verdaderamente valioso es tener forma de peine…
Puede que tú te identifiques al segundo con alguno de ellos. Yo aún estoy pensando con cuál lo haría yo.
Porque resulta que no soy un Barbapapá (*)
(*) Soy una boomer de libro, adicta a la tele mientras zampaba bocatas de mantequilla con azúcar para más inri. Pero explicaré a los más jóvenes que lo que quiero decir es que no, que no puedo cambiar de forma con tanta facilidad. Que labrarme cada detalle de un nuevo perfil me cuesta un huevo y medio.
Aunque la pregunta que conocer este abecedario de perfiles me sugiere no es cuál es mi letra.
Dame un segundo, que voy por partes.
¿Tiene forma el conocimiento?
Vale. Vivimos en un contexto cambiante, híbrido, multidisciplinar, donde ya no basta con saber mucho de algo. Donde, supongo, tampoco sirve saber un poco de todo sin profundidad.
Dicen los consultores que los perfiles T, M y peine no son más que metáforas visuales para explicar cómo se distribuyen nuestros saberes, nuestras habilidades y, aunque esto no lo confiesen, nuestra manera de estar en el mundo profesional.
Así, el perfil T representa a un profesional con una especialización profunda sostenida por una base amplia de conocimientos y habilidades transversales. El que lleva la M en la camiseta es aquel (o aquella) con varias especializaciones que conviven y se conectan entre sí. Y a quien toca la denominación de “peine” es porque, supuestamente, ha conseguido múltiples profundidades técnicas apoyadas en una base sólida de competencias humanas, cognitivas y relacionales.
Qué barbaridad.
Que nombre tan feo para tanto curro.
Pero me distraigo.
Lo interesante no es la letra. Sino lo que pudiera llegar a representar.
Sigo con los detalles.
El perfil T: saber mucho… y saber estar
El perfil en T es el más conocido y, probablemente, el más “tranquilizador”.
Descripción fácil: Especialización clara, identidad profesional reconocible, y al mismo tiempo capacidad para dialogar con otros mundos.
Dicen que son T las personas que saben de lo suyo, pero que también escuchan, entienden contextos, trabajan bien con otros y hasta son proclives a hacer esas preguntas incómodas pero necesarias.
Son perfiles muy valorados porque no se encierran en su silo. Y porque en organizaciones complejas, saber explicar y colaborar es casi tan importante como saber hacer.
El perfil M: vivir en más de una profundidad
El perfil en M ya es otra cosa.
Dicen que aquí hablaríamos de personas que han desarrollado más de una especialización real, no cosmética. De gente que cruza disciplinas, que salta entre lenguajes, que integra miradas.
No porque lo planearan así desde el inicio, sino muchas veces porque su trayectoria no fue lineal: proyectos paralelos, curiosidad crónica, aprendizajes laterales, decisiones raras. Porque son unos dispersos, porque les mata la curiosidad y el reto.
Son perfiles valiosísimos… y difíciles de encajar en estructuras rígidas. Porque no caben bien en ninguna casilla.
El perfil peine: cuando la forma deja de importar
El perfil en forma de peine es el que más fascina y más desconcierta. Dice que va de múltiples especializaciones, gran capacidad de aprendizaje, mirada sistémica, creatividad aplicada, liderazgo contextual…
Que no va solo de competencias técnicas, sino de capacidad de pensar, de conectar ideas lejanas, de aprender rápido, de moverse como pez en el agua cuando el mundo se queda congelado esperando a que alguien sea el primero en moverse.
Que estos son los capaces de sostener la complejidad sin simplificarla demasiado pronto.
Vaya.
Como hace Atlas con el mundo.
¿Y yo? ¿Qué forma tengo?
¿Qué letra se supone que soy yo?
Porque si miro atrás, mi trayectoria (y seguro que también la tuya) no ha sido una línea clara ni una forma limpia. Ha sido más bien una sucesión de momentos en los que, a ratos, encajaba en un perfil… y a ratos no tanto.
Hubo un tiempo en el que todo estaba bastante ordenado. Parecía una T de libro. Tenía un marco académico, un campo de actividad y cierta especialización que me daba identidad y legitimidad. Podía explicar fácilmente a qué me dedicaba sin necesitar demasiados matices.
Pero incluso entonces, mientras profundizaba «en lo mío», algo me empujaba hacia los lados: me daba por intentar traducir conceptos complejos a lenguajes no expertos, por abrir un blog de reflexiones, por buscar la cara B de la norma… Ahí entendí que mi “barra horizontal” no era decorativa. No era un extra. Era lo que me impulsaba a no quedarme encerrada en mi propio saber.
Cuando me quise dar cuenta, lo de la M me casaba en cierta medida: Aunque aviso que ser M no conlleva un plan; los puntos solo pueden unirse mirando hacia atrás.Un día estás investigando, otro diseñando clases, otro dando charlas, escribiendo libros, grabando podcast…y alguien te dice: Es que tú haces muchas cosas.
Mientras tú piensas: No. Me hago la misma pregunta desde sitios distintos.
Y empiezas a ver que tu dispersión empieza a converger. Que conectar tecnología, conductas, educación y sociedad digital no era una excentricidad, sino una manera de pensar.
Más compleja, sí.
Más difícil de explicar, también.
Pero profundamente coherente por dentro.
Y entonces la forma te deja de importar.
O no tanto, porque no tienes claro que quieras convertirte en un peine.
La verdad es que cuando veo que puedo moverme entre disciplinas, aprender rápido, conectar ideas o liderar conversaciones difíciles, aparece la pregunta incómoda: ¿Esto es una ventaja o es un problema?
Puede que a los consultores les pirre.
Porque créeme que te vuelves difícil de encajar. Que no encuentras etiquetas. Que te surgen mil dudas sobre “tus rarezas”.
Que no mola sentir que mareas con tu velocidad.
Que cuesta no saber decir “soy esto”.
Así es que pienso en qué tienen de común todas estas letras que en el fondo, no son más que pequeños o grandes símbolos de lo que el mundo necesita. Y lo tengo claro: es la necesidad de tratar de entender lo que te rodea, es la responsabilidad por cómo impacta lo que haces y es una relación todo lo honesta que puedes llegar a tener con la duda y el miedo.
Las formas son secundarias
No compro lo de elegir una letra y trazar una hoja de ruta para parecerte a ella.
El mercado seguirá pidiendo perfiles con forma. Porque los de gestión del talento (o como les quieras llamar ahora) seguirán necesitando modelos para ordenar la complejidad.
No seré yo quien les critique por ello.
Pero a nivel personal, sé que no quiero que mis esfuerzos vayan hacia encajar en alguna de sus letras. Quiero aprender leerlas todas sin perderme demasiado en el intento.
A ratos soy T. A ratos M. En breves instantes, asoma el peine. Como tú, supongo.
Lo importante, al menos para mí, no es la forma.
Es el trazo que hago cuando conecto, cuando aprendo, cuando acompaño… y cuando, de vez en cuando, hasta tengo segundos en los que pienso 😊
Y eso, de momento, no cabe del todo en ninguna letra.
El mercado seguirá pidiéndonos forma.
T, M, peine… ¿qué será lo siguiente?
Me da igual.
Porque la pregunta que me sigue dando vueltas es: ¿Construimos nuestra trayectoria para encajar en el dibujo que otros necesitan o para sostener, con criterio y conciencia, la complejidad real de lo que somos capaces de aportar?
Y si la respuesta no cupiera en una de sus letras, ¿estamos dispuestos a asumirlo?
Mola saltarse el guion.
Sabiendo que corres el riesgo de que nadie te entienda.
Y tú ¿encuentras una letra que te define?
