La ingratitud en el trabajo y en la vida en general tiene una connotación muy negativa. “Es de bien nacidos ser agradecidos” nos decían nuestras abuelas. La gratitud suele entenderse como el reconocimiento hacia quien nos ha ayudado, apoyado o contribuido a nuestro éxito. Sin embargo, tras esa bonita definición, se esconde una trampa sutil y peligrosa: el malentendido agradecimiento, que no dignifica, sino que va contra la ética y la responsabilidad. Pienso en ello cuando leo las noticias sobre corrupción en la política que inundan los informativos últimamente y veo que algunos responsables públicos evitan censurar o denunciar casos de corrupción dentro de su propio entorno, supongo que motivados fundamentalmente porque “le deben” el cargo a quien los colocó allí. El agradecimiento mal entendido se convierte entonces en una excusa moral: no se actúa por convicción o legalidad, sino por una supuesta lealtad personal. No hay que pensar o plantearse nada, simplemente hay que hacer lo que tu mecenas quiere que hagas. El resultado es devastador, porque esta forma distorsionada de gratitud se convierte en lastre cuando se confunde lealtad con silencio.

En el ámbito laboral la trampa de la gratitud malentendida aparece con mucha frecuencia, cuando alguien siente que debe “devolver” indefinidamente una oportunidad recibida en el pasado. Un ascenso o una confianza inicial pueden generar una deuda moral que, si no se gestiona adecuadamente y de forma madura, acaba condicionando decisiones futuras. El problema no es el agradecimiento en sí —que es una virtud—, sino cuando se usa como excusa para justificar comportamientos injustos, renunciar al criterio propio o en definitiva, dejar de cuestionarse las cosas por uno mismo. Confundir gratitud con obediencia ciega puede ser una traición hacia nuestros propios principios.

Las consecuencias de esa trampa de la gratitud en el trabajo son dañinas. Jefes que no son cuestionados porque “siempre nos han apoyado”, prácticas ineficientes que no se corrigen por respeto al pasado, o decisiones injustas que se aceptan para no parecer desleales. En nombre del agradecimiento se deja de actuar con integridad, lo que termina perjudicando al equipo, a la organización y a la larga, al propio agradecido. El verdadero agradecimiento no es cuestión de sumisión. Al contrario, ser agradecido significa demostrar que la confianza depositada fue merecida. Quien te ayudó a crecer no debería esperar que renuncies a tus valores, sino que los pongas en práctica cada día.

Salir de esta trampa no es fácil, porque requiere entender que las oportunidades laborales abren puertas, pero no compran voluntades para toda la vida. Hay que empezar por hacerse las preguntas adecuadas como si realmente tenemos que estar agradecidos, si estamos contentos con nuestro trabajo y en el caso de que no lo estemos, preguntarse por los motivos para ello. Hay que enfocarse en el valor que aportas y en hacer tu trabajo lo mejor posible sin fijarse exclusivamente en lo que te han dado. En definitiva, la ingratitud más peligrosa no es olvidar quién te ayudó, sino usar ese recuerdo para justificar lo injustificable.