Es un hecho: la inteligencia artificial (que no sé por qué hay que escribir con mayúsculas como si le debiéramos un respeto sideral) ha dejado de ser tema de ingenieros y frikis informáticos para instalarse en la barra del bar. Todo quisque opina ya sobre ella con la misma pasión (y la misma falta de datos) que sobre el último derbi futbolero.

En los dos extremos del debate, las posturas se endurecen.

De un lado, quienes viven en la inteligencia artificial la promesa de Prometeo, el titán que nos trajo el fuego para iluminar la oscuridad del conocimiento. De otro, quienes la sienten como el regalo envenenado de Pandora, de cuya caja saldrán los siete males que ya no sabremos nunca más contener.

Un debate que no puede ser más binario: o eres entusiasta ciego o catastrofista radical.

Mi pretensión es, por tanto, buscar acercamiento y espacios, sin dogmas y con las personas en el punto de mira, para centrar en debate más en la batalla de qué tipo de futuro podemos/queremos construir con estas herramientas y qué parte de nosotros estamos dispuestos a cambiar para hacerlo.  

Por eso, esta entrada va hoy de tratar de entender por qué hay tanta gente que le tiene “de entrada” tirria suprema a la inteligencia artificial.

La tecnofobia no es nueva

Esa fiebre enardecida en contra de todo lo nuevo, no es, valga la redundancia, nueva en absoluto. Es, bien al contrario, un clásico de la humanidad. Con episodios que hoy nos arrancan carcajadas por lo absurdo.

Irene Vallejo nos recuerda en su delicioso ensayo “El infinito en un junco” como algunos de los antiguos griegos más ilustres arremetían contra la escritura por ser instrumento que «atrofiaría nuestra memoria, convirtiéndonos en sabios aparentes, incapaces de recordar de verdad».

Tampoco la imprenta se libró de ser considerada como un «arma de idiotización masiva, con el argumento de que idiotizaría a las masas con una sobredosis de información confusa y dañina». Algo de lo que, por cierto, hoy culpamos a las redes sociales 😊.

Hoy nos parecen ridículos quienes destrozaban telares mecánicos, quienes temían electrocutarse al tocar el interruptor de encendido de una bombilla o quienes veían en el automóvil una máquina peligrosa y maldita capaz de espachurrar nuestros cerebros por golpes con el cráneo, sino de “deshumanizar» el transporte al eliminar el trato y la conversación con el conductor del carruaje.

Puro miedo.

Porque así es como interpreto yo la desconfianza ante sistemas automatizados o la incomodidad con la idea de que una máquina tome decisiones.

Y por ser miedo, la disculpo.

Tal vez solo a medias. Reconozco que me pongo mala cada vez que alguien hincha su yugular para hablar de “peligro” y de “miedo” del último grito tecnológico enarbolando con furia la bandera de lo “humano”.

Aun así, trato de entender los motivos.

Tengo un amigo que defiende que el único motor emocional que nos mueve de verdad es el miedo. No dudo de que, al menos en esto, tenga en gran medida razón.

Solo que yo no podré jamás renunciar a la idea de que sea la curiosidad la que nos guíe.

Por eso os invito a «ponerle apellido» a la cosa. A ver si entendiendo el miedo, tenemos más opciones de hacerle frente.

¿Es miedo “al suspenso”?

Nos cuesta la vida y media reconocer que no entendemos eso que otros parecen dominar sin problemas o que (y esta es la peor) “lo nuevo” podría hacer que no sigamos siendo tan buenos como solíamos ser.

Y por eso, negamos la mayor.

No sirve. No lo necesito. A ti que lo usas, cuidadín.

Lógico y normal. Si yo no me subo, intento que tampoco lo haga el otro.

Sí, pelear contra lo inevitable siempre da grandes resultados.

[ironía, por si no quedaba claro]

A mí no se me han olvidado aquellos teléfonos móviles “ de pega” (aquellos a los que se les sacaba la antena y se les desplegaba el micro; con hasta un tono falso de llamada), ni los sesudos “informes” que juraban que las antenas de los móviles causaban cáncer o freían los sesos… ni aquellos “robinsones” sin teléfono, que se jactaban de su libertad… hasta que les llegó la pasta para tenerlo o el jefe ofreciéndoles hacerse con uno.

¿Miedo a que te sustituyan?

Admitámoslo alto y claro: Chat GPT y “sus primas” escriben mucho mejor que muchos. Y tiene más ideas que casi todos. Hacen en segundos lo que nos constaría horas y no les molesta que se lo pidas un viernes a las dos.

Cada vez me quedan menos cosas por las que aún pondría la mano en el fuego que hago mejor yo que una inteligencia artificial.

Esta es la verdad, nos guste o no.

En casi todo lo que hacemos hoy seremos más pronto que tarde sustituidos. Es lógico que pensarlo nos dé más miedo que rabia.

¿No es más inteligente aceptarlo de una vez y  reinventarte donde aún no llegan los robots?  

¿Miedo a que te engañen?

También es de justicia reconocer que la inteligencia artificial es el penúltimo eslabón en la cadena del postureo, la trampa y el engaño, que lo digital nos pone (muy tentadoramente) a golpe de clic. Aunque sea cierto que el tiempo nos pone a todos en nuestro sitio, el rato que tarda en hacerlo se puede colar mucha basura en el salón.

Esto debería hacernos adaptar los criterios y los métodos que usamos para valorar a los profesionales.

Yo voto por dejar de tratar de pillar las trampas, ya se encargarán otros.

Mejor explorador que policía.

¿O miedo a que otro humano lo haga más y mejor que tú?

Porque esa es en el fondo, la madre de todas las cuestiones.

No sé si ya estamos preparados para tenerle celos a las máquinas, pero es seguro que llevamos demasiados años entrenados para tenerlo de quien se sienta en la mesa de al lado.

Con o sin motivo, dicho sea de paso.

Momento para recordad que durante muchos años, “¡Mi compañero gana más dinero que yo!” fue el post más leído de este blog.

[Más ironía]

En esta gran encuesta social por identificar esa clave que nos hace humanos, yo voto (sin complejos) por el miedo. Esa emoción universal que todos experimentamos como mecanismo biológico que guía y alerta… tratando de que, al tiempo, no nos paralice.

Ya lo dice el refrán: «El miedo es natural en el prudente, y el saberlo vencer es ser valiente».​

Tal vez lo más sensato sea dejar de tenerle miedo a usar la palabra miedo.

Eso dice también mi amigo. Le tendré que hacer más caso de ahora en adelante 😊

@vcnocito