Seguro que todos los que somos de la generación X (nacidos más o menos entre 1965 y 1980) hemos tenido alguna vez un estuche de esos que tenían un montón de lápices de colores, todos distintos, con los que colorear nuestros dibujos. Era como un símbolo de estatus en clase porque cuantos más lápices tenía tu estuche, más molabas.

Un hecho incomprensible para mí era que, aunque el estuche fuera solo de los de 12 colores, siempre había un lápiz blanco, cuya utilidad me era absolutamente desconocida. El resto de lápices se consumía y empequeñecían a lo largo del curso excepto el lápiz blanco, que llegaba a junio tan perfecto como estaba en el septiembre anterior. En un mundo de folios y cuadernos blancos, un lápiz blanco era una absoluta inutilidad, un hueco ocupado a lo tonto en el estuche del que sería mejor prescindir.

Hoy sé que el color blanco es realmente poderoso para los que saben dibujar bien. El resto de colores se ven realzados gracias a él y dota de vida a los dibujos, haciendo que el resultado final sea más armónico y luminoso.  Además, el blanco suaviza, permitiendo rebajar el resto de colores más intensos para que se integren bien en la obra, ayudando a cohesionar trazos y minimizando fricciones. Permite crear reflejos y aportar volúmenes, para que el resultado final sea algo más que una mezcla de colores. Y cuanto más oscuro sea el fondo, más se usa y más importante es.

Sin embargo, la principal característica de los lápices blancos es que no todo el mundo sabe valorarlos. Yo no era el único niño que jamás lo usó en sus dibujos, mientras que los grandes dibujantes son los que más lo usan. Hay que tener un cierto talento para apreciar su valía. Llevado al mundo empresarial, el lápiz blanco es una estupenda metáfora para designar a esos empleados que inicialmente pasan desapercibidos, pero son fundamentales para cualquier grupo de trabajo. Son gente cuyo valor no se nota mucho en situaciones de estabilidad, pero que son muy valiosos cuando el entorno se complica y te rodea la incertidumbre. No son lo que más hablan, ni los que más destacan a primera vista, pero están disponible siempre cuando se les necesita para aportar luz y claridad donde todo el mundo solo ve problemas.

El problema es que, en entornos donde se premia lo visible y lo inmediato, este tipo de perfil puede pasar desapercibido. Sin embargo, los equipos más maduros y las organizaciones más inteligentes reconocen que no todo el valor es estridente. A veces, lo que realmente marca la diferencia es lo que sostiene y equilibra el conjunto. En definitiva, el trabajador “lápiz blanco” no necesita brillar de forma evidente para ser brillante. Su talento no está en destacar por encima de los demás, sino en hacer que todo funcione mejor. Y, como en cualquier buen dibujo, puede que no sea el color que primero llame la atención, pero sin él, el resultado nunca sería el mismo.

Acaba de salir de mi empresa un compañero que era la definición perfecta de empleado lápiz blanco: una persona con una combinación de flexibilidad, creatividad y especialmente, calma emocional. Alguien que marcaba la diferencia cuando asaltaban los problemas, siempre aportando la mejor solución posible desde la tranquilidad. No tenía protagonismo, y no alcanzó ni mucho menos un gran cargo en la compañía. No obstante, nunca he estado en una despedida tan multitudinaria como la que se llevó este hombre en su último día de trabajo con nosotros. Pudiera parecer que pasaba desapercibido en general, pero no para los que trabajábamos cerca de él.