Hace 500 años, el médico y químico suizo Paracelso formuló el principio básico de la toxicología: “Todas las sustancias son venenos, no existe ninguna que no lo sea. Solo la dosis hace el veneno”, lo que a menudo se resume diciendo simplemente que “La dosis hace el veneno”. Esto significa que una sustancia que contiene propiedades tóxicas puede causar daño solo si se presenta en una concentración lo suficientemente alta, y al revés, la sustancia más inofensiva que te puedas imaginar se convierte en veneno mortal si la tomamos en una dosis lo suficientemente alta.

Esto se puede trasladar al mundo empresarial, como leí en el post de LinkedIn de mi compañero Javier Lorente. Decía Javier, con muy buen criterio, que actualmente vivimos rodeados de información, información que es totalmente accesible, personalizada e instantánea. Eso en teoría está muy bien y tiene muchos beneficios…pero es que es tanta la información que nos llega por todas partes que nos estamos intoxicando. Recibimos una dosis demasiado alta de algo como la información, que normalmente debería aportarnos beneficios.

Al hilo de esto, reconozco que ya he llegado al punto de que me aburren las redes sociales. Todas ellas. Pensé que me estaba convirtiendo en una especie de viejo cascarrabias, pero para mi sorpresa, no soy el único. Según algunos análisis basados en patrones de uso, métricas de permanencia y estudios de comportamiento digital, las redes sociales atraviesan una “crisis de disfrute”. El tiempo de uso se mantiene alto, pero el nivel de satisfacción percibido disminuyó notablemente. Según esos informes, formatos repetidos, tendencias recicladas y argumentos previsibles reducen significativamente el impacto emocional. Cuando todos los contenidos parecen similares, el cerebro deja de registrar sorpresa, uno de los pilares fundamentales del entretenimiento. El contenido está diseñado para mantener al usuario conectado, no necesariamente para generar placer, interés o descanso mental. Esto lleva a un consumo automático, marcado más por la inercia que por el deseo.

Así que los contenidos que consumimos son contenidos afines a nuestros gustos y opiniones, que el algoritmo de turno determina, con gran acierto normalmente, que van a ser de mi agrado. A más contenidos afines, más sensación de certeza, de que mis opiniones son las correctas porque “todo el mundo que me rodea piensa igual que yo”. Pero en realidad no es certeza, sino un sesgo de confirmación. Todo lo que vemos refuerza nuestras creencias, por lo que la realidad es que pensamos cada vez menos. Y además, nos realimentamos, es decir, tendemos a buscar y recordar aquella información que confirma lo que ya creemos. Lo curioso es que estamos convencidos de que estamos más informados que nunca, cuando en realidad estamos más cerrados que nunca.

En nuestro trabajo diario también nos ocurre. Tratamos de rodearnos de gente que piensa como nosotros, de buscar pruebas de que tenemos razón en nuestros planteamientos en vez de contraejemplos que pongan a prueba nuestros razonamientos y huimos de la verdad en lugar de afrontarla. Nos molesta sobremanera encontrar el caso de uso que cuestiona nuestras afirmaciones porque nos desvela que quizá, estamos equivocados, cuando debería ser al revés, es decir, nos debería llevar a mejorar nuestros argumentos.

¿La solución? Más diversidad, más contradicción y más duda, porque pensar más en estos tiempos de hiperconexión es ya una cuestión de salud mental y de evitar morir por envenenamiento de información.