No voy a aburriros hablando (una vez más) del impacto de la inteligencia artificial en el mundo profesional. Pero, más allá de titulares, modas y grandes promesas, estos días me estoy topando con algo nuevo: oigo hablar de una corriente que apunta a una “comunión anímica y emocional” entre los profesionales y la IA que éstos usan.
Vale, llega del mundo de la programación asistida por inteligencia artificial y la llaman “vibe coding”. Pero ojo, que intuyo que encierra transformaciones profundas que pronto contagiarán a cualquier ámbito profesional que emplee IA.
Porque lo que empieza con el código, termina impregnando el trabajo en todas sus dimensiones.
Y no, me temo que esto no es postureo techie.
Vamos por partes.
Permíteme una introducción.
¿Qué son las “vibes” o “vibras”?
Algo que cada vez escuchamos más.
El término «vibes» («vibras» en castellano) ha conquistado conversaciones cotidianas y digitales porque traduce, en una sola palabra, la atmósfera invisible que nos envuelve y conecta. Hablar de “vibes” es hablar de aquello que nos atraviesa antes incluso de entenderlo: ese buen rollo que emana de un espacio, la energía amable de una persona, el clima emocional que define lo memorable de una experiencia.
No son datos, ni hechos, ni argumentos; son percepciones instantáneas, casi intuitivas, que terminan orientando nuestras preferencias, motivaciones y decisiones sin que lo advirtamos.
Lo fascinante de estas “vibes” es que operan como brújula social y emocional en escenarios tan diversos como una reunión profesional, un grupo de amigos o una comunidad digital.
Las “vibes” nos recuerdan el poder que tiene la subjetividad para modelar ambientes y resultados.
Porque parece que, elegir estar donde la energía fluye, donde la vibra es auténtica y la atmósfera nos inspira a ser (o crear) una mejor versión de nosotros mismos.
Aunque no sepas inglés, ya casi todos sabemos cuándo un sitio, una persona o un momento “tiene buenas vibras”. Y lo que eso significa para el ánimo y el rumbo de nuestro día.
¿Qué es entonces eso del “vibe coding”?
Si te interesa el tema y quieres saber más, te recomiendo lectura de las fuentes que a mí me han puesto sobre esta pista. El blog Bluechip y el podcast Código Abierto. De esos amigos a los que no se les pasa una: Ignacio GR Gavilán y Alejandro de Fuenmayor.
Según me cuentan ambos dos, el término “vibe coding” irrumpe en la primavera de 2025, hace tan solo unos meses. Y básicamente, consiste en apoyarse en grandes modelos de lenguaje (ellos los llaman LLMs pero son ChatGPT y “sus primos” para el resto de los mortales) para que una IA genere, a partir de instrucciones dadas en lenguaje natural (y que se llaman prompts en la jerga técnica), desde unas pocas líneas de código hasta aplicaciones software enteras.
Y todo ello, por lo visto, describiendo tus ideas, problemas o necesidades casi como si hablaras con un colega, dejando que la IA “rellene los huecos” del código.
Hasta aquí nada del todo nuevo.
Igual que si la usas para que te haga un informe o una presentación.
La clave es que, en este paradigma, el trabajo de la IA va mucho más allá de la simple “traducción” a lenguaje de programación de las instrucciones recibidas. Por lo que parece, la IA asume el “estado de ánimo” del programador y las ganas que tenga (o deje de tener) de poner de su parte, para “ayudarle”, en cada caso, más o menos.
Se habla, incluso, de un “deslizador de autonomía” que permite al profesional repartir de manera consciente el peso del trabajo con la IA.
Claro que para que esto no acabe como el Rosario de la Aurora, al humano no le queda otra que incorporar unas determinadas prácticas: especificar con claridad intenciones y requisitos, porque la ambigüedad se paga cara; validar los resultados tratando a la IA como a un desarrollador junior en el que se delega, pero al que se revisa; coordinar el trabajo de ambas partes y documentar quien hizo qué (humano o IA); revisar y entender el código antes de fusionarlo…
Parece que, de momento la intuición, la interpretación y la validación son irremplazables.
También que no es oro todo lo que reluce. Que, por lo que dicen los expertos, todos estos modelos brillan en aplicaciones comunes pero se tambalean frente a algoritmos innovadores, necesidades muy específicas, optimizaciones a bajo nivel o aplicaciones de nicho. Que funcionan bien para generar prototipos y soluciones rápidas, pero que lo de crear sistemas robustos, escalables y seguros aún es harina de otro costal y que ahí la intervención humana sigue siendo imprescindible para garantizar la calidad, seguridad, eficiencia y creatividad del producto final.
Sea como fuere, a mí me queda meridianamente claro que esta estrategia de «IA con vibes” sube el nivel.
Y que es una nueva metodología colaborativa (con la IA en este caso) al tiempo que una gran oportunidad.
Del mundo de la programación a todo el trabajo: ¿y si esto es sólo el principio?
A mí me late que esto del “vibe coding” no es sino la punta visible de un iceberg.
Que este modelo de colaboración sensorial y adaptativa entre humanos e IA pronto sobrepasará el software para instalarse en todo tipo de actividades profesionales: que llegará el “vibe working”.
Ya puedo perfectamente imaginar, por ejemplo, a un profesional de marketing que define su estrategia “en conversación” con una IA que genera campañas y evalúa sentimientos de los usuarios; a un jurista que formula argumentos asistido por una IA entrenada en jurisprudencia global; o a un médico que sintetiza diagnósticos y planes terapéuticos junto a su “segunda opinión digital”.
El “vibe working” perfila un trabajo en el que la interacción con la IA se vuelve natural, iterativa y cada vez más sofisticada.
Ya no programaremos, diseñaremos campañas, redactaremos informes o atenderemos consultas solos. Lo haremos en equipo con inteligencias artificiales que, lejos de ser herramientas, serán interlocutores, aprendices o incluso “sparrings creativos» para nuestras decisiones profesionales.
Estamos abrazando con tremenda naturalidad la convivencia con lo artificial
De hecho, me entero hoy de que Meta (ese imperio del señor Mark Elliot Zuckerberg que tú conoces como Facebook o Instagram) acaba de lanzar dentro de la app de Meta AI “Vibes”, un feed exclusivo de vídeos cortos, pensados para ser vistos y remezclados, generados por IA.
O que OpenAI (la empresa creadora de ChatGPT) acaba de anunciar una red social viral con vídeos hechos por Sora 2 (la hermana de ChatGPT).
El contenido comienza a ser más importante que quien lo crea. Parece que lo viral se impone a los social y que nos importan más los productos digitales que lo que hacen nuestros amigos. Mientras YouTube endurece reglas contra contenido “unoriginal”, Meta decide abrazar lo artificial como valor.
Veremos en qué queda todo esto y cómo lo compramos los humanos.
Extrapola aquí contenido a tarea y verás que todo pinta a que lo haremos encantados…
El deslizamiento de la autonomía: ¿de quién será la última palabra?
Este nuevo equilibrio trae consigo un deslizamiento de la autonomía profesional. Si la IA aprende con nosotros, ejecuta nuestras intenciones, e incluso nos sugiere caminos alternativos, ¿quién toma las decisiones? ¿Quién se responsabiliza del resultado?
La respuesta no es trivial.
En algunos campos, puede convenir que la autonomía permanezca en el profesional: quienes custodian datos sensibles, asumen riesgos legales, o deben aportar creatividad diferencial, encontrarán imprescindible mantener el timón. En otros sectores, sobre todo donde priman la eficiencia o la reproducción de prácticas estándar, seguro que será la empresa quien desee configurar y limitar la autonomía de la IA, asegurando la homogeneidad y el cumplimiento normativo.
Sea como sea, el debate apenas empieza.
¿Nos beneficia ceder autonomía al equipo ampliado hombre-IA? ¿En qué casos la autonomía del profesional debiera protegerse, y en cuáles podría, o debería, compartirse o delegarse? ¿Dónde situamos el nuevo umbral de la responsabilidad profesional?
El futuro: ¿profesionalidad aumentada o sustituida?
Tal vez justo en este debate se juegue el futuro del trabajo en el siglo XXI.
Para mí, el reto ya no es sólo aprender a trabajar con IA, sino decidir, juntos, cómo repartir inteligencia, creatividad y responsabilidad en la era del “vibe working”. Que la autonomía no se pierda, sino que se redimensione. Que las vibraciones del trabajo con IA no sustituyan nuestra profesionalidad, sino que la amplifiquen y eleven.
A mí me mola la idea de que este “vibe working” no llega para reducirnos a meras comparsas de una IA omnipresente y descontrolada. Que llega para aumentar nuestras capacidades.
Pero igual que me sucedió con la llegada de ChatGPT al mundo del trabajo (o del cut&past o el email en su día) no soy del todo optimista. Temo que la mediocridad se vea elevada a la n-ésima potencia.
La pereza es poderosa.
Hace de los vagos legión…
Menos mal que las limitaciones técnicas se cruzan aún con cuestiones éticas : ¿puede un profesional confiar enteramente en una tarea que le ha hecho otro y que no comprende del todo? ¿Hasta dónde resulta sano ceder el control? ¿Se están atrofiando habilidades clave por un exceso de confianza en la IA? ¿Cómo gestionas tu responsabilidad en un trabajo que no has hecho tú y del que se te escapan importantes matices?
Al escribir esto me da por pensar, ¿no es esto lo que ha sucedido siempre cuando hemos “aprovechado” tratando de hacerlo pasar por propio, el trabajo de terceros? ¿No estamos un poco ante «el día de la Marmota»?
No sé.
Pero cómo todo esto me da vueltas en el coco, te lo quería contar.ç
Para que vayas dando vueltas al tuyo 🙂
