Todos tenemos una vocecilla en la cabeza que, en susurros o a gritos, nos va marcando el camino. Algunas veces nos impulsa a la locura (echo el currículum y a ver qué pasa), otras a la calma (bueno, en el fondo, podría estar peor) y más de lo que nos gustaría, a la negatividad y a la queja.
Son muchísimos los investigadores que afirman que el factor que más influye en nuestra satisfacción con nuestro trabajo y con nuestra vida es nuestro carácter. Un carácter que sigue el dictado de esa voz interior.
Porque, también esto está demostrado por la ciencia, forjamos nuestra identidad a través de “las películas” que nos contamos a nosotros mismos. Y que elaboramos cada día, dejando en pañales a más de un guionista de Hollywood.
¿Qué es (en realidad) lo que nos define?
No sé si sabes que se estima que el cuerpo humano renueva aproximadamente el 1 % de sus células cada día. Y aunque la tasa de regeneración varía según el tipo de célula (las de la piel mutan cada semana, las de los músculos tardan años en cambiar, y si las neuronas se regeneran o no aún está en discusión), lo cierto es que cada cuatro meses, más o menos, un tercio de ti ya no es el que era.
Así que el tema de la identidad y el cambio es una cuestión de lo más filosófica.
Una cuestión que ilustra esta paradoja que encontré hace unos días en una de mis newsletters favoritas y que, al hilo, hoy te comparto: Al barco del héroe griego Teseo le van reemplazando una a una todas sus piezas. Cuando todas sus piezas han sido sustituidas, ¿es aún el mismo barco? Y si con las piezas que se han ido quitando se construye otro barco, ¿sería este el mismo barco?
Já.
Buena pregunta, ¿verdad?
Pregunta que no soy tan osada para intentar responder.
Pero que me da para proponerte una reflexión conjunta sobre la esencia de lo que somos y cómo los cambios, aunque inevitables, no necesariamente eliminan la continuidad de nuestra identidad.
Tu voz guía tus pasos… marcando tu destino
Y por eso vuelvo a lo de “la voz”.
Porque soy una convencida de cómo las palabras que nos decimos a nosotros mismos nos condicionan y cómo podemos reconducir (si es que lo que tenemos no nos gusta; stop doing) o reforzar (si estamos encantados de habernos conocido; keep doing & do more) nuestra historia.
En este sentido, me uno a la voz de Jim Loehr, fundador del Human Performance Institute a quien escucho en el podcast The Knowledge Project. Que nos cuenta cómo damos sentido al mundo y al trabajo a través de la narrativa que nuestro cerebro construye a partir de todo lo que vemos, oímos, leemos… y que procesamos como nos conviene en función de unos moldes hechos que llaman creencias. Que nos hacen que le demos un determinado sentido a cada cosa nueva que nos pasa en base lo que tenemos ya grabado en nuestro disco duro.
Yes.
Lo has pillado a la primera.
Tendemos a ignorar, desechar o desmentir con muy bien armadas razones todo lo que contradice a lo que ya pensamos. Y dicen los expertos, que cuanto más listos y leídos somos, mejor encontramos los argumentos que nos ayudan a hacerlo.
La “voz” que narra la película y con la que mantenemos un diálogo continuo, especialmente a la hora de tomar decisiones, es ese Pepito Grillo que nos dice que tengamos ilusión y ganas, que pasemos olímpicamente o que lo veamos todo como una mierda.
Así es que la nueva pregunta del millón es quién o qué escribe el guion de “la voz” y si podemos (en caso de que queramos, naturalmente) cambiarla.
¿Hasta qué punto podemos cambiar nuestro carácter?
Ni idea.
No soy psicólogo, ni psiquiatra, ni coach.
Solo sé que cómo yo he podido cambiar cosas en el pasado y cómo tengo confianza en la posibilidad de los cambios que me marco para el presente y el futuro. Obviamente, si no creyera en ellos no me los marcaría. Tonta del todo, aún no soy.
De siempre me apunté convencida a aquello de que el hombre es una tabla rasa al nacer. Pero los años (y los hijos) me han quitado la razón. El carácter que viene en nuestros genes nos marca. Tanto, que dicen que hasta determina nuestro porcentaje de felicidad máxima alcanzable.
Vale.
Cada uno tiene sus piezas.
Pero también sus opciones de cambiar algunas de ellas. Porque todos tenemos acceso de escritura al fichero de “la voz”.
Así que antes de decir(te) frases como “este pollo es un enmarronador”, “mi jefe es un cabrón” o “vaya mierda de estrategia que lanzan estos que no tienen ni P*** idea de nada”, piensa si esa es la historia que quieres que te acompañe.
Y no, esto no va de ser un pandilla de happy flowers con gafas de cristal rosa.
Va, al menos en primera instancia, de atender a los detalles.
Y de tácticas para hacernos con el mando del guion
¿Cómo podemos cambiar nuestra narrativa?
Una vez que has caído en la cuenta de la existencia e influencia que tiene “la voz”, no te queda otra que preguntarte si lo que dice es lo que quieres oír de ti. ¿Está alineada con la realidad o la está tergiversando adecuadamente con intenciones “ocultas” que solo tú sabes reconocer? Y otra pregunta del millón ¿es esto lo que yo quiero ser/sentir/hacer?
No sé qué opinas tú, pero yo creo que a todos nos va mejor cuando nos anclamos en la realidad dispuestos a verla con un cristal, que sin ser rosa, nos ayude a avanzar o que, al menos, no nos ponga palos en las ruedas en una vida que ya es bastante complicada ella solita.
Segura estoy de que no podemos cambiar nuestra voz radicalmente. Pero podemos añadirle matices que, a la postre, lo cambian casi todo.
Yo lo he probado.
Y dos cosas me funcionan.
Son éstas:
Elegir mis palabras
Reescribir mis frases hacia un menos prejuicioso “ojo y atención que este compañero suele soltar cosas complicadas; vamos a verlo con calma”, “tal vez mi jefe esté tan tensionado que pierde el control; no sé si podría ayudar en algo” o “los tiempos cambian y llegan perspectivas y metodologías distintas para hacer las cosas; aunque me son ajenas, voy a ver qué puedo aprender”.
No tenéis más que leer mis primeros post en este blog, allá por 2015, para ver evolución.
Y si escribiendo (literalmente) llegamos a la conclusión de que sería mejor dar un giro de guion, habrá que ponerse a ello.
Impostar para cambiar
Yo no he encontrado mejor manera para cambiar que fingir.
Lo que oyes.
Fingir… hasta interiorizar.
Yo confieso que fingí mi positividad en este blog para cubrirme las espaldas por si alguien de recursos humanos o algún jefe picajoso me leía. Y años después me reconozco una persona mucho más positiva (y feliz) que gestiona mucho mejor las inevitables torceduras (de todo tipo) que surgen todos los días en mi trabajo.
Confieso también que fingí (y esto me costó lo suyo) la sonrisa cuando empecé a hablar en público. Y que años después ya no solo no veréis una foto mía en la que no sonría sin pensarlo sino que he hecho de la energía y de la capacidad de gestión de lo complejo las señas de identidad de mi propuesta de valor profesional.
Confieso, ya que estamos, que me forcé a dejar el gris y el negro para pasarme al color… que engorda mucho más. Pero que hoy no solo me visto de rosa sin inmutarme, porque veo que soy capaz no sólo de sentir verdadero entusiasmo (sin un ápice de fingimiento) por lo que hago, sino de contagiarlo animando a otros a ciertos cambios.
Piensa qué podrías o querrías fingir tú.
Prueba a narrarte tú
Permíteme que te lance un último guante.
También he comprobado que no hay mejor forma de comenzar el día que reflexionando y escribiendo. 10 minutos. Cuando te sientes al PC, aunque sientas que no tienes nada que decir y lo que te salga escribir sea la lista de la compra. Todos los días.
Pruébalo y te sorprenderá todo lo que “tu voz” tiene que decirte.
Y cuánto tienen tus manos en el teclado que decirle a ella.
Cambia tu voz y cambiarás tú
¿Te atreves a escucharte decir eso que te gustaría cambiar de ti?
