Hoy voy a echarle arrestos para empezar confesando que esta semana me han despedido.
Vale, me aclaran con tiento y exquisita amabilidad, que no ha sido por mi culpa. Que un ajuste presupuestario ha cancelado el proyecto en el que llevaba trabajando algo más de tres años.
Solo que la razón me da igual.
Tener que dejar un proyecto, un trabajo o una relación que te gusta, aunque sea “por imperativo legal” y con millones de gracias y parabienes en el bolsillo, amén de generosidad pecuniaria debajo del brazo, no mola nada.
Es más, jode un huevo.
Y como sé que no soy ni la primera ni la última, hoy me sale en esta entrada hablar de la importancia de aprender a cerrar proyectos y etapas.
En lo profesional y también en lo vital.
En lo operativo y también en lo emocional.
Arrancar y mantenerse cuesta. Pero no hay nada más difícil que cerrar con éxito
Pasar de las ideas a los hechos, o mantener energía y ganas cuando aparecen las primeras piedras en el camino de un proyecto, es, sin duda, tarea de titanes.
Agradezco la avalancha de manuales sobre cómo ponerse en marcha, cómo mantener el impulso y cómo optimizar tiempos y esfuerzos. Hay tanto donde elegir que es casi imposible no encontrar uno que resuene con tu mecanismo cerebral.
Y eso está genial.
Pero echo en falta que hablemos más de cómo gestionar lo que se acaba.
Porque, a mí, los finales me cuestan.
Incluso cuando soy yo (aunque hoy no sea el caso) quien elijo terminar.
Puede que lo del cierre ordenado ya no esté de moda. Que solo algunos sepamos bien que el final no llega ni de coña cuando cumplimos los objetivos que nos pusimos.
Aunque muchos recordemos nítidamente cuando ni de coña cerrabas sin documentar los pasos que habías dado. Cuando era casi obligado quedarte pendiente para atar los cabos que siempre quedan sueltos. Cuando el último paso era un recopilatorio en forma de informe de resultados, de rendimientos, de ventas o de lo que fuera.
Cuando el cierre era el más importante de los pasos.
Porque los proyectos, igual que las relaciones, necesitan cierres suficientemente grandiosos como para que nos entre en la sesera que ese “hijo” al que hemos dedicado desvelos y cuidados se va de casa sin intenciones de volver jamás.
De otro modo, todo eso que no hicimos, aquellos flecos que no arreglamos e incluso la basurilla que acabamos escondiendo debajo de la alfombra, incapaces de gestionarla, acaban pesando demasiado.
Nos dejamos asuntos pendientes…
Por mucho que nos neguemos a reconocerlo.
Es imprescindible hacer el duelo por lo que dejas detrás
Porque no hay nada más difícil, al menos para mí, que cerrar definitivamente ese libro que tantas horas me tuvo absorbida.
Estos días he dicho adiós a un maravilloso proyecto.
Pero han sido muchos proyectos y personas a las que he tenido que decir adiós, sin desearlo, a lo largo de los años. Porque los finales son inevitables.
Y aunque jodan, muy aburrida sería la vida sin ellos.
No puedo estar más de acuerdo con algo que veo por internet y que estos días me resuena de manera especial. Es ese “grande es el arte de comenzar, pero mayor es el arte de concluir”, atribuido a un tal Henry Wadsworth Longfellow, un poeta estadounidense que, ahora veo, debió de entender como nadie la importancia de los buenos finales.
Y cómo un final mediocre puede arruinar hasta la mejor de las obras.
Por eso, os animo (me animo) a acabar siempre con pulcritud operativa y administrativa, con elegancia comunicativa, con agradecimiento por lo recibido y, sobre todo… con la mejor de vuestras sonrisas.
Aunque la impresión y el susto os obliguen a hacerlo «en diferido» y con cierto retraso.
Porque nada acaba del todo hasta que tú no lo dejas ir
No importa cuál fue el paso que saltaste, la espinita que quedó clavada por eso que sabes que parcheaste en lugar de solucionar. Aprender a pasar a la siguiente página es importante.
Como, para mí, lo más difícil siempre estuvo en la parte emocional, trato de compensar la pérdida haciendo un esfuerzo consciente por no olvidar que solo el final de algo puede ser el principio de un algo mejor. Que hay que tirar lo viejo si aspiras a dejar sitio a lo nuevo. Que podar las ramas secas, aun cuando los brotes verdes solo se atisben debajo de incipientes yemas, es imprescindible para que éstas puedan prosperar.
Asumiendo que la vida está llena de fases. Y aprendiendo a disfrutar de los caminos, sobre todo de sus partes más difíciles.
Supongo que a eso es a lo que se llama madurar.
Maduros del mundo… ¡uníos!
Que nos hace falta ese manual 😊
