Tuve el enorme placer de participar en una mesa redonda sobre las palancas para el cambio. Hablamos de lideres que tiran del carro, crear “culturas del cambio”, de ver los riesgos de no cambiar.  Situaciones que sin duda ayudan… pero que también pueden convertirse en estupendas “distracciones” para que nada suceda.

Porque yo sigo en mis trece: solo hay dos palancas para el cambio.

  • Que sea absolutamente obligatorio, con acento en lo de absolutamente.
  • Que tiren de ti tu ilusión y tus ganas. Y pongo de relieve el “tus”, porque los “sus”, sea quien sea el sujeto que las emite y sea cual sea la distancia a la que lo tengas, no valen.

Permíteme que me explique. Y que te dé mis razones.

Cambiar es, de alguna manera, una venta

Una venta de un nuevo escenario, de una nueva forma de trabajo o de vida, donde, como en todo, ganarás algunas cosas y perderás otras.

Después de años elaborando argumentarios para una fuerza de ventas, he aprendido que, salvo predisposición previa o absoluta necesidad, ni las especificaciones técnicas, ni los argumentos racionales, ni siquiera levantar miedos, cierran los tratos. O hay necesidad imperiosa, o hay amor a primera vista.

Pero enamorar nos cuesta. Porque, aunque todos nos atrae la idea de ligar, sabemos que ello implica un esfuerzo interior. Que hay que ponerse guapo por dentro y por fuera. Y que, superar la pereza de vestirse y peinarse es sólo el primer paso, porque luego hay que “salir al mercado”, poner actitud, y mantener el tipo. Y tirar de confianza y de constancia, llamar a la semana siguiente, desoír tus inseguridades, y tal vez incluso que animarte a participar en esa actividad donde no terminas de verte suelto.

¿Qué os voy a contar?

Que algo sea posible no la hace probable

Cada vez más pereza… Comienzan los pinchazos y vamos restando esfuerzos, y quitando cosas… uf, vaya curro.  ¡Si ni siquiera tengo garantizado el resultado!

Porque, ¿qué hacemos cuándo vemos que no sale? La evaluación es siempre lo más fácil. En general, escasa de autocrítica y sobrada de culpas al mercado. O al booggie.

He visto en miles de dolorosas ocasiones como las personas confundimos posibilidad con probabilidad. Como confiamos en que algo “se haga” olvidando que en impersonal solo “se hacen”, como nos decían en el cole,  la lluvia, la nieve y el resto de fenómenos meteorológicos.

Confundir deseo (estaría bien, yo quiero) con ganas (sé que va a costar, pero estoy dispuesto a pagar el precio) siempre acarrea frustración. Porque con esos mimbres solo con una carambola entra la bola.

Las empresas no pueden cambiar a la gente

A la gente no se la cambia, por mucho que las empresas se empeñen en currárselo a base de cursos (especificaciones técnicas) y cultura (evaluación de beneficios) o incluso proclamas de sus líderes (exposición de riesgos)

Solo se la ayuda en un cambio que decide (por obligación o por gusto) protagonizar. Y aquí claro que sí que la cultura y el ejemplo de otros es catalizador. Pero casi nunca inicia si las personas no han prendido antes la chispa.

Porque nadie puede “motivarte” para que cambies.

Lo del palo y la zanahoria no funciona. Ni siquiera cuando sustituimos el palo por un látigo de siete puntas y la zanahoria por el más exquisito de los chocolates.

Otros podrán bajarte del burro, pero nunca subirte a él

La capacidad que tienen los malos jefes, los malos políticos e incluso las más inofensivas personas de desmotivar es muy elevada. No la subestimes.

Por tanto, será buena idea asegurar que nadie se carga los brotes verdes que vayan surgiendo en nuestra gente. Y para ello, lo único efectivo es demostrar con hechos y comportamientos lo mucho que a la empresa le gustaría ese cambio y cuánto lo valorarían.

Y eso solo se hace con coherencia

  • Entre lo que hacen y lo que dicen. Entre los valores que predican y las valoraciones de rendimiento que hacen.
  • Entre las grandes estrategia y las acciones tácticas que nos marcan para el día a día. Entre lo que exigen y lo que dan
  • Entre lo que controlan y lo que confían. Entre lo que exigen y lo que permiten, entre la igualdad de oportunidades y la igualdad a secas

Lo única manera de cambiar es que asumas tu responsabilidad de hacerlo

Digamos que no hay otra que “criar” ganas.

Alimentando nuestro espíritu de cambio con tres ingredientes

  • El propósito o el para qué cambiar. Porque en cuanto ves claro tu valor, las ganas aparecen por arte de magia. Interés o conveniencia lo llaman algunos. Pero no veas cómo funciona.
  • La autonomía. El verte con “posibles”, al menos para empezar a dar pasos. Porque cuando estás atado el movimiento se dificulta y mucho. Si te atan o te atas, ese es otro cantar.
  • La capacidad. El sentir que tienes herramientas sabiendo que, entre ellas deben estar el control de tus miedos y tu capacidad para aprender. Porque cambiar es desprenderse de una cosa y recibir o tomar otra en su lugar.

Y ahora, ¿ves el cambio más fácil?

Espero que al menos veas que depende de ti, y solo de ti, mucho más de lo que habría llegado a creer

#vamos

@vcnocito