Hay una fábula que cuenta como un viajero llega a una ciudad donde se encuentra con un hombre que sudaba copiosamente mientras picaba una piedra. El viajero preguntó al hombre qué estaba haciendo, a lo que éste respondió bastante malhumorado: “¿Es que no lo ves? Estoy picando piedras, tengo mucho calor, mucha sed y me duele la espalda, así que mejor déjame en paz”.  El viajero continuó caminando y un poco más adelante vio a otro hombre que también estaba picando piedras aunque con algo de mejor cara. Volvió a hacerle la misma pregunta y el segundo hombre respondió: “Estoy trabajando para ganarme la vida, levantando una pared de piedra. Es duro, pero me pagan lo suficiente para vivir sin estrecheces”.

El viajero siguió su camino y se encontró con un tercer hombre que golpeaba vigorosamente una gran piedra con su pico. Le hizo la misma pregunta que a los dos anteriores. El hombre detuvo su trabajo, sonrió y respondió: “Estoy construyendo una catedral”.

¿Cuál es la diferencia entre las respuestas de los tres hombres? Claramente es la percepción que tenían del objetivo de su trabajo. El primero no tenía muy claro para qué servía lo que hacía ni cual era el fin último de picar piedras, así que solo se quedaba con los sinsabores del día a día. El segundo hombre tampoco lo sabía muy bien pero no le importaba mucho porque simplemente trabajaba para poder mantener a su familia, y eso sí que lo conseguía. El último sí que tenía claro la finalidad de su esfuerzo, o dicho en términos del siglo XXI, la misión de su empresa. Además, veía que su trabajo contribuía decisivamente a lograr esa misión, con la cual se identificaba totalmente. Eso le hacía feliz y con seguridad, era más productivo en su trabajo que sus otros dos compañeros.

Cuantas veces nos pasa que estamos tan liados en el día a día que no somos capaces de ver por qué hacemos las cosas.  Perdemos perspectiva. Es como si estuviéramos esforzándonos un montón en desbrozar un campo quitando las malas hierbas solo para descubrir que estábamos trabajando en el campo equivocado. Es decir, para ser eficaz no se trata solamente de asignar recursos a una tarea y gestionarlos adecuadamente (que también) sino de que todos esos recursos trabajen al servicio de la misión de la empresa, misión que debe estar también perfectamente clara para todos.

Está claro que personas distintas se mueven por motivaciones distintas. A alguno le basta simplemente con saber que trabajando así obtendrá la paga suficiente que le permitirá vivir sin problemas y no quieren saber nada más. Perfectamente lícito y respetable. Pero en general influirá especialmente en nuestro trabajo el tipo de liderazgo que consiga o no motivar y organizar el talento de la empresa. El líder perfecto es aquel que consigue crear la ilusión en su equipo de conseguir metas comunes. La motivación por trabajar en equipo, el espíritu de grupo que surge cuando hay una misión que cumplir es muy superior a cualquier otra motivación. Los mejores jefes que he tenido en mi carrera profesional han sido aquellos capaces de inculcar ese sentimiento de equipo que trabaja unido en pos de un objetivo superior.  Entonces el pesado Excel en el que estás trabajando se convierte en el ingenioso argumento que utilizará el equipo para convencer al malvado financiero de la empresa de que nos asigne el presupuesto necesario y poder arrancar así ese proyecto que nos llevará a conseguir la misión. Perspectivas muy diferentes que hace que tu trabajo tenga sentido o no y por tanto, que lo disfrutes o no.