Hubo un tiempo en el que teníamos claro que no todo era posible. Un tiempo sin omnipresencia de esta idea perversa de que “querer es poder” y de que cualquiera puede conseguir lo que se proponga si lo intenta lo suficiente.

Quienes hoy peinamos canas estamos más que acostumbrados a que las cosas no salgan. Aquel grupito en el que nunca entraste, aquella beca que no conseguiste, aquel proyecto para el que no te eligieron…

No deja de llamarme la atención que se hable hoy de gestión de la incertidumbre y del error como una capacidad “novedosa” que todos debemos de repente adquirir.

Borrachos de era digital, se nos olvida que no hace tanto asumíamos con total naturalidad la frustración y el fracaso.

Viva la psicología positiva

Quiero aclarar que el boom de la psicología positiva ha hecho muchísimo bien. Me encanta constatar cómo todos podemos trabajar nuestra autoestima a mayores y cómo cada vez más nos atrae el hecho de “salir de nuestra zona de confort”.

Admiro a quienes nos aportan conocimiento científicamente fundamentado acerca de la felicidad, de bienestar psicológico y del potencial creativo y transformador de los seres humanos. Todos somos mejores y un poco más felices cuando entendemos cómo evitar dramas innecesarios y cómo rodearnos de aquello que nos ayuda a sentirnos bien.

Pero no puedo menos que pensar que quizás se nos haya ido la mano con esto de la felicidad, la motivación y los sueños. Que se nos haya olvidado que el más inteligente y esforzado fracasa cuando no se ajusta a la realidad o emplea métodos ineficaces.

La frustración es un gran motivador

No es cierto que “querer sea poder”. Mil veces he vivido en carne propia o ajena que saber lo que tengo que hacer y querer hacerlo, no garantiza en absoluto el poder hacerlo.

Pero no pasa nada. Es simplemente la vida.

Para seguir adelante tras la caída, solo tienes que dejar de machacarte con lo que no funcionó. Muchas veces resulta ser cierto eso de que “no hay mal que por bien no venga”. Cuando dejas de recrearte en lo que no funciona, cuando dejas de buscar que todo salga bien, surgen nuevas oportunidades.

Jack Dorsey, el co-fundador de la red social Twitter, contaba cómo sin el condicionante de sus servidores limitando a 150 los caracteres de sus mensajes, nunca hubieran ideado algo como twitter. Y como este ejemplo, cientos.

Focalizarnos en lo negro es como nombrar a Valdemort, no consigue otra cosa que hacerlo más fuerte.

Aprendamos a buscar alternativas

La clave está siempre en abrazar con alegría nuevas metas. En este sentido, yo encuentro que los enfados son extraordinarios.

Me doy cuenta de que, cuando algo no puede ser cómo planeaste, cabrearse en lugar de resignarse, aporta mucha energía.

Aunque te toque el ejercicio de madurez inteligente de decidir en qué la empleas. Si en rajar contra ese complot judeomasónico de mentes ignorantes incapaces de darse cuenta de lo mucho que tú vales o simplemente en tomar nota de los errores y reconducir tus proyectos.

Cambar de objetivos no es fácil. Duele en el ego. Y a veces no queda otra que soltar lastre, tirando trabajo, recursos y hasta compañeros de viaje por la borda. Hacerlo sin el subidón sulfurante de un buen berrinche es de todo punto imposible.

No sé de dónde hemos sacado esa idea aberrante de que tiene que salir todo a la primera. Se nos olvida lo mucho que lucharon (y que se equivocaron) esos padres y abuelos hasta que hicieron funcionar su negocio. Las muchas oposiciones que suspendió tu compañero de cole hasta que las dejó para trabajar en otra cosa y bien feliz que anda hoy..

Aprendamos a enfadarnos con cabeza

Esta es mi propuesta, porque muchas veces, cuando cambias es cuando aciertas. No sólo no hay nada malo en cambiar de opinión, ni en cambiar de metas, sino que muchísimas veces no queda otra. 

Así que ¿por que no aprender a enfadarnos con sentido común?. Sin ofender a los demás, sin machacarnos por dentro. Sin hacer o decir cosas que luego nos pesen.

No sólo nos vendrá muy bien, sino que nos aportará esa energía extra que a veces hace falta cuando el camino se tuerce y no queda otra que cambiar de plan.

Tomemos entonces como objetivo no el que las cosas salgan bien, sino el llenar nuestra mochila de de “valor para cambiar lo que debo cambiar, coraje para asumir lo que no puedo cambiar y de inteligencia para distinguirlas”.

Un consejo que hubiera encantado que fuera mío 😦

Pero que hoy me lo aplico en primera persona.

Aunque me cueste. Porque sé que renta 😊

@vcnocito

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