Quien aspire a ganarse el sueldo en el siglo XXI deberá poner en juego un conjunto de habilidades muy alejadas de lo aprendido hasta ahora. Ese jefe que siempre te dijo lo que tenías que hacer, te pedirá hoy que propongas estrategias e ideas. Ese catálogo de cursos que la empresa te ofrecía se quedará corto para enseñarte. Y te las verás y desearás para crear sintonía con tus compañeros sin esas charlas de café que aún no tienen réplica en un mundo de trabajadores remotos y reuniones por Skype.

¿Es que trabajar bien ya no es suficiente?

Hacer bien tu trabajo es igual de imprescindible que siempre. Digan lo que digan, la calidad sigue siendo un valor. Lo que sucede es que cumplir desde el criterio puramente técnico que a cada cual marque su actividad, ya no es suficiente. Que hoy hace falta aportar un “algo más” que evolucione el modelo en el que aportamos para adaptarlo a una nueva realidad.

Por ello, las empresas empiezan a considerar imprescindibles actitudes que en otros tiempos eran descartadas. Autoliderazgo, marca personal, error, intra-emprendimiento, influencia… ¿no eran hasta hace nada sinónimos de inadaptación o hasta de rebeldía para nada deseada?

Y es que nos están pidiendo mucho más que una simple “modernización” de nuestra actividad a base de incorporar nuevas herramientas digitales. Nos están cambiado la escala de valores.

Sólo que esta vez no están a la cabeza de la manifestación marcando muy claramente el camino y acompañando con cursos. Porque las empresas no tienen claro cuál es el bueno. Sólo poco a poco van entendiendo qué ingredientes hacen falta para seguir adelante.

Una travesía diferente, que, seamos realistas, nos deja a quienes llevamos decenas de años dando el callo, muy faltos de referencias. Y un tanto desnudos.

Esta vez nos toca cambiar “por nuestra cuenta”

No tenemos miedo a que nos cambien el paso. Quienes empezamos a trabajar sin internet y sin email lo hemos cambiado una y mil veces.

Sin embargo, hoy estamos un poco más solos. Con la certera sensación de que ni siquiera saben cómo hacerlo las personas que nos piden que los hagamos. Y ciertamente es que no sabemos por dónde empezar “a estudiar” estas nuevas disciplinas.

¿Cómo aprender a liderarnos a nosotros mismos, a formarnos por nuestra cuenta, a definirnos y a desarrollar un valor para el equipo en base a reconocer y fomentar eso en lo que somos buenos? ¿Cómo aprender a marcar caminos cuando nos han pedido siempre justo lo contrario?

Yo creo, convencida, que hay una receta que funciona. Y no es otra que desarrollar nuestra pasión y nuestro entusiasmo por el cambio, por aportar valor en esta nueva era, que no hemos elegido, pero que nos toca vivir.

El entusiasmo es un ingrediente infalible

Cambiar requiere tanta capacidad, energía y trabajo que sólo es posible hacerlo llenando tu mochila de energía positiva. En un mundo de trabajadores remotos y de compras digitales, donde todos compiten por hablar más y más alto, el entusiasmo comunica y se transmite incluso cuando estás al otro lado de una pantalla.

Puede que no tengamos toda la ayuda “de la casa” que esperamos, pero tenemos un potente aliado: nuestro cerebro. Ya está demostrado que no se deja de aprender en toda la vida, que siempre se pueden crear nuevas conexiones neuronales. Y que quienes nos rodean, pueden ayudarnos y mucho. De hecho, términos como plasticidad cerebral, aprendizaje por proyectos o neuronas espejo comienzan a ser ‘vox pópuli’. La neurociencia nos enseña que sin emoción no hay aprendizaje y que “sólo es posible aprender aquello que se ama”.

Lo fácil es cabrearse con todo lo que no sucede a nuestro gusto. Con ese jefe que no tiene estrategia clara, con ese cliente que no sabe lo que quiere, con ese compañero que da palos de ciego porque necesita sentirse útil.

Pero si tienes ganas de sumarte a la ola de cambios, aunque sea porque le ves los cuernos al toro, no puedes abandonarte.

Somos los únicos responsables de nuestro destino

Todos somos capaces de lo mejor y de lo peor y nos toca elegir lo mejor si queremos que cosas buenas nos sucedan. Puede que no terminemos de entender lo que nos sucede. Puede que incluso no nos guste. Pero no podemos elegirlo.

Sin embargo, lo que nadie puede quitarnos esa libertad interior, ese “no me da la gana” ser la víctima. Y si ese es el camino que elegimos, tenemos un debe: trabajar nuestra energía emocional como única receta para hace frente a nuestra incomodidad y a nuestro miedo.

Nos guste o no, nos corresponde a nosotros tener agenda propia y no guiarnos sólo por la de nuestros jefes. Debemos buscar en nuestro interior. Porque esta vez la cosa pasa por uno mismo, trabajando hacia dentro para reencontrar nuestro valor y también nuestro entusiasmo. Por abrazar con pasión (aunque sea torpe) el cambio.

Que cuando uno se reencuentra descubre que tiene muchas cosas en lugar de quedarse anclado en la incredulidad o el disgusto.

Y eso da un nuevo y potente chute de energía.

@vcnocito

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