Hoy quiero escribir sobre la motivación, esa fuerza que te lleva a disfrutar a tope de una caminata de varias horas por la montaña cuando el día anterior acabaste derrengado después de estar solo veinte minutos en las rebajas con tu mujer… La motivación nos dota de una energía que nos hace ser capaces de conseguir cualquier objetivo que nos propongamos, y por eso para las empresas es como la pócima de Panorámix para los galos de la aldea de Astérix: Encontremos la motivación y tendremos superempleados capaces de llegar a cualquier sitio.

Pero todos sabemos que no es tan sencillo. No en vano la palabra trabajo proviene del latín tripalium, que significaba literalmente “tres palos” y era un malvado instrumento de tortura formado por tres estacas formando una especie de “X” a las que se ataba al reo. Si ese sufrimiento lo compensamos con una retribución económica, tendremos nuestro actual concepto de trabajo. Y es que con frecuencia, en el mundo de la empresa se lleva la seriedad y hasta el sufrimiento. Parece que si no se te ve sufrir un poco y estar un pelín amargado, no estás trabajando de verdad. Esto ha sido así toda la vida. Basta con recordar la fábula de la cigarra y la hormiga o de la de los tres cerditos. El personaje que prospera es el serio, el trabajador y el que nunca se distrae. El que está siempre pensando en la música y en pasárselo bien, acaba sufriendo todo tipo de miserias y penalidades.

Así que no es fácil encontrar la motivación en un ambiente hostil como el laboral. Uno de mis primeros jefes solía decir que se debe venir motivado de casa y que la tarea principal de un jefe será no desmotivar al que sí viene motivado. Con el paso del tiempo, tengo que darle toda la razón. Se refería (casi con seguridad sin ser consciente de ello) a lo que los expertos llaman “motivación trascendente”, que es la que motiva a formar parte de algo, de un equipo o de un proyecto. Los intereses individuales pasan a un segundo plano porque lo que realmente importa es contribuir dentro de tus posibilidades a que el equipo o el proyecto del que formas parte salgan adelante. Esta motivación trascendente se basa en valores de cada uno como la amistad o la solidaridad, de manera que se consigue que lo que haces en el día no sea una oferta para un cliente o un plan de negocio, sino una pieza que conforma algo más grande (el objetivo del grupo).

Sin entrar en mucha filosofía, pienso que cada uno debemos buscar nuestra propia motivación laboral y no esperar a que sea la empresa quien ofrezca algo para motivarte. Habrá a quien le motive la posibilidad de tener un ascenso, de trabajar en un proyecto innovador, de compartir equipo con un jefe y unos compañeros con quien tenga una especial afinidad, o simplemente, quien busque tener una vida tranquila, cumpliendo con su cometido sin especiales fuegos artificiales a cambio de esa tranquilidad laboral buscada. Aunque hay algo que siempre funciona: el buen humor. Una anécdota o un chiste a tiempo es lo mejor para rebajar la tensión ante situaciones de nervios o estrés. Ser un poco cigarra de vez en cuando en vez de ser siempre la hormiga viene muy bien.

Sin embargo, lo que sí puede hacer un jefe o en general, una empresa, es cargarse la motivación de los empleados tomando decisiones injustas, rompiendo equipos que han funcionado bien siempre o tocando un poco la moral a esas personas que vienen a la oficina simplemente a cumplir su cometido con profesionalidad. Los líderes que consiguen trasladar esa motivación trascendente de la que hablaba al principio son los que se suelen poner a un lado para buscar el beneficio de sus colaboradores. Porque como dice la frase, un líder no es necesariamente quien hace grandes cosas, sino quien consigue que otros las hagan.

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